¿Y los obispos?
El asalto a la razón
Carlos Marín
Un viernes, a mediados de abril de 1981, el entonces obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, hizo lo que nadie de su jerarquía tuvo el acierto de hacer en un México donde la violación a los derechos humanos era moneda corriente de todas las corporaciones policiacas: excomulgó a los torturadores.
Años después, en la misma diócesis, el obispo Luis Reynoso aplicó idéntica sanción a los secuestradores.
Hoy son muchos los obispos que debieran atender lo sugerido ayer por el vocero de la Arquidiócesis Primada de México, Hugo Valdemar, en la W con León Krauze: hacer lo mismo que Méndez Arceo y Reynoso en las regiones más devastadas por la narcoviolencia.
Aclaró que el sacramento del bautizo no puede negársele a nadie (y menos a los recién nacidos), pero dejó abierta la posibilidad para confirmaciones, primeras comuniones, misas de 15 años, bodas y otras narcocelebraciones.
“Lo que no se debe hacer es que el sacerdote vaya a una finca principesca”, dijo.
Pero eso es exactamente lo que ocurre ahora.
Diario Milenio
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