Paulette, botín de espurios y legítimos
El asalto a la razón
Carlos Marín
En sus cuatro meses de subprocurador Especial del caso Colosio (ojo, sospechosistas, a petición de la viuda, Diana Laura Riojas), Miguel Montes García comenzó tejiendo la hipótesis de una “acción concertada” pero terminó disculpándose… y demostrando la verdad jurídica: el autor intelectual del homicidio del candidato presidencial es el mismo Mario Aburto Martínez, que desde la noche del 23 de marzo de 1994 confesó haberlo cometido; que ratificó su responsabilidad en varias ocasiones y que purga sentencia por ese asesinato.
Lo relevó en el puesto la intachable Olga Islas de González Mariscal, quien ratificó la culpabilidad única de Aburto.
Tranquilino Sánchez Venegas, Vicente Mayoral y su hijo Rodolfo sufrieron cárcel, sortearon su proceso y salieron exonerados; El de las gafas y El del sombrero fueron algunos de los “siete” dizque “concertadores”, entre los cuales figuró un pobre hombre al que Montes impuso el mote de El clavadista, cuya participación en el “complot” fue haber desaparecido del foco de una cámara de video que lo captaba desde una posición alta… porque iba caminando hacia atrás en la inclinada callejuela de Lomas Taurinas.
El breviario viene a cuento porque el procurador de Justicia del Estado de México, Alberto Bazbaz, está siendo linchado por haber supuesto primero, y dos meses después desechado, la hipótesis de que Paulette fue víctima de un “asesinato”, demostrado que murió entrampada en su propia cama y, por tanto, no consignar ¡a nadie!
Como del caso Colosio y los homicidios del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y José Francisco Ruiz Massieu; el suicidio de Digna Ochoa; los linchamientos de policías federales en Tláhuac y las tragedias en la mina de Pasta de Conchos, el antro New’s Divine y la guardería ABC; la fantasiosa violación y muerte de una anciana zongoliqueña o de la vieja guerra entre cacicazgos triques en Oaxaca, abundan quienes se aprovechan de cadáveres para satisfacer pestilentes ambiciones políticas.
Ávidas y prestas, las direcciones nacionales de los partidos de la Revolución Democrática, del Trabajo y Convergencia, así como la diputación del PAN en el Estado de México, pretextan el caso de la niña para intentar montarle un “juicio político” al procurador Bazbaz, pero sobre todo contra su coco del 2012: Enrique Peña Nieto.
Quieren sacarle raja al mediático y estulto “sentir popular” que sugiere, de manera implícita, una conspiración interinstitucional, bipartidista e internacional de quienes participaron en la investigación del caso.
No les importan la historia pública o legal del suceso; los videos del hallazgo del cuerpo; el dato de que la cama tuvo las mismas sábanas y cobijas durante dos semanas; el que pese al explicable dicho en contrario de las sirvientas, tampoco fue “tendida” en ese lapso, o que a uno de los dos descubridores no le olió “a muerto”, pero ni siquiera a la “humedad” que detectó su compañero.
Como en el libro sobre cacería de brujas de Lillian Hellman, los carroñeros están desatados en su tiempo de canallas.
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