Por qué todavía con machetes, señora
La historia en breve
Ciro Gómez Leyva
Por qué todavía con machetes, señora, le dije ayer en la tarde a doña Trinidad Ramírez. Venía al frente de un grupo de San Salvador Atenco, camino al Zócalo capitalino. “Los traemos muy en alto”, respondió. “El machete es el símbolo de la defensa de la tierra, simboliza la libertad”.
Ayer se cumplieron cuatro años de que, con fuerza desmedida, la Policía Federal Preventiva y la del Estado de México entraron en la madrugada a Atenco para someter una sublevación. Entre otros, las policías se llevaron a Ignacio del Valle, esposo de doña Trinidad, al penal de alta seguridad de Almoloya. Está condenado a un siglo de encierro.
Horas antes, a eso de las tres de la tarde de aquel miércoles 3 de mayo de 2006, la televisión había transmitido la imagen de un policía tirado, semimuerto, que recibía una patada en los testículos. Despiadada. Siete, ocho macheteros de Atenco agrediendo con odio histórico a alguien que había dejado de moverse. A las cuatro hablé con América, la hija de doña Trinidad. ¿Su lucha les da permiso para matar?, le pregunté. “Nos da licencia para defendernos”, respondió la joven, durísima. “Y no será legal, pero es totalmente legítimo”.
¿Despedazar así a una persona semimuerta es legítimo?, persistí. “No tenemos licencia para asesinar, pero sí tenemos licencia para defendernos”, persistió América. “Si esto implica defendernos con lo único que tenemos, machetes, piedras, palos, contra los asesinos del gobierno estatal, contra los perros policías del gobierno estatal y federal, sí nos da licencia. Y lo vamos a hacer. Y estamos firmes”.
América vive en la clandestinidad desde entonces. Nada se sabe de ella. Su madre me dijo ayer, con la misma seguridad, durísima: “No nos equivocamos”.
Milenio
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